El Capricho

El parque de El Capricho, situado en el distrito de Barajas y con una extensión
de 14 hectáreas, es el único jardín del romanticismo que se conserva en Madrid.
Su construcción se la debemos a los deseos de la duquesa de Osuna por tener una villa de recreo donde alejarse de la Corte y reposar de los deberes y compromisos  inherentes a su posición. Doña María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel, considerada una de las mujeres más inteligentes de la época, era mecenas de  artistas, toreros e intelectuales.

Su marido, don Pedro Alcántara, IX Duque de Osuna, era un enamorado de la literatura y de la música, siendo miembro de la Real Academia de la Lengua Española y disponiendo de una orquesta particular.
La construcción de este jardín, considerado uno de los más bellos parques de la capital española, se desarrolló entre 1787 y 1839. El nivel y la calidad de su construcción podemos imaginarla sabiendo que en ella estuvieron implicados diferentes jardineros de las casas reales española y  francesa como Jean Baptiste  Mulot, quien venía de trabajar en Versalles.

Son tres tipos de jardines diferentes los que veremos en El Capricho.

El parterre 1 o jardín francés, con su característica uniformidad en los setos y árboles, está situado delante de la fachada posterior del Palacio.

El giardino italiano, con su combinación de setos y árboles creciendo de tal modo que nos protege del sol en verano y aprovecha su calor en invierno, lo tenemos al Sur del Palacio, en un espacio no visitable situado en la parte más antigua de los jardines, en un nivel de menor altura del terreno.

El jardín paisajista inglés es el que abarca una mayor extensión de terreno al estar presente en todo el resto del parque; en él, la vegetación crece de una forma más pura, menos artificiosa, invitándonos mientras lo recorremos a perdernos por sus diferentes caminos.

Durante la Guerra de la Independencia, el recinto sufrirá graves daños al
utilizarlo el general francés Agustín Belliard como campamento de sus tropas.
Tras retirarse los franceses, se repuebla de árboles y se construyen nuevos
edificios.

Ha recibido diferentes reconocimientos durante el pasado siglo XX. En 1934, se le
declara Jardín Histórico; en 1943, Jardín Artístico; y en 1985, Bien de Interés
Cultural. En 2001, después de su recuperación tras décadas de abandono, obtuvo el diploma Europa Nostra.
Una vez traspasados los tornos de entrada, comenzaremos nuestro recorrido por este bello rincón madrileño, siendo la primera parada la plaza donde estaba la antigua Plaza de Toros. Al otro lado de ella, vemos la que sería la antigua puerta de entrada trasera a los jardines.

 

La Plaza de los Emperadores. Se puede considerar uno de los puntos de referencia del jardín.

La ovalada Plaza de los Emperadores toma su nombre de los doce bustos de césares romanos que se instalaron en ella en 1815. Estas estatuas ya son mencionadas en una carta de 1689 dirigida a su propietario, el Duque de Gandía, en donde se alaba la calidad del trabajo con la que están realizadas y se recomienda asegurar su valor por el riesgo de guerras. Fue entonces cuando los bustos llegaron a Gandía, ciudad en la que permanecieron cien años hasta que la Condesa-Duquesa de Benavente, también Duquesa de Gandía, se enteró de su existencia, disponiendo primero que trasladasen una de dichas estatuas y posteriormente todas las demás.

En la Plaza de los Emperadores existe desde finales del siglo XVIII una exedra
con un pequeño templete en su centro en el que cuatro columnas jónicas  sostenían una semicúpula, actualmente desaparecida, decorada con adornos florales y conchas. Aunque en un principio fue diseñada como fuente y se llamó Fuente de las Columnas, parece ser que nunca funcionó como tal. Al morir la Duquesa de Osuna en 1834, se empieza a modificar el monumento, instalándose cuatro años después de su muerte, bajo el templete y sobre una base de mármol rosa, un busto suyo realizado en bronce por José Tomás.
La exedra soportará bastante bien el transcurrir del tiempo y el paso de los
diferentes propietarios por el jardín, conservándose en muy buenas condiciones
hasta 1945. Este año vuelve a cambiar de propietario el parque y es entonces
cuando el abandono, el vandalismo y hasta la caída de un árbol tras una tormenta provocan graves daños en el monumento. Al adquirirlo el Ayuntamiento en 1974, ya habían desaparecido algunas esculturas y había sufrido diferentes daños que ya no serían reparados en 1987, cuando es restaurada por la Escuela Taller Alameda de Osuna.

El Parterre de los Duelistas. También llamado Plaza de los Cipreses. En su centro y rodeadas de estos árboles, tenemos dos columnas de mármol, las cuales sostienen cada una de ellas un busto que representa un duelista de espaldas inmediatamente antes de comenzar el lance de honor. La distancia que las separa es la misma de un duelo real: cuarenta pasos. La leyenda sostiene, aunque de forma errónea, que es una referencia al duelo real que existió entre el infante Don Enrique de Borbón, primo hermano de la reina Isabel II y hermano del marido de ésta, y Don Antonio Felipe de Orleans, Duque de Montpensier, quinto hijo de Luis Felipe I, rey de Francia. En principio, el motivo de dicho desafío fue un escrito publicado por Don Enrique de Borbón en el diario ‘La Época’, donde se declaraba enemigo suyo y le prodigaba repetidos insultos. No debemos dejar de contemplar las fechas en las que se produjo dicho duelo: se trataba del año 1870; hacía dos años que el trono de España estaba vacante tras el derrocamiento de Isabel II, aún no se había decidido un sucesor y el Duque de Montpensier, casado con la hermana menor de Isabel II, era un serio aspirante a él. El enfrentamiento se realizó a pistola y el duque mató al infante, acabando así con sus posibilidades de obtener el trono español ya que nunca sería aceptado en él quien había matado a un miembro de la familia real española. El duelo se llevó a cabo en la
dehesas de los Carabancheles, en las Ventas de Alcorcón, y no coinciden las
fechas del monumento y del duelo por lo que, aunque la leyenda continúe, ésta
no es real.

El Invernadero. Construido en 1795. Tras él, en una zona no visitable, dentro de una estructura de hierro y cristal, está el espacio de plantación.

La fuente construida en estilo renacentista y de mármol blanco se instaló a finales del siglo XIX en este lugar, desconociéndose su anterior procedencia.

El trayecto central, que nos lleva al Palacio, se cree que no existió hasta las reformas realizadas en el jardín entre 1834 y 1844 por el nieto de la Duquesa, don Pedro de Alcántara. El Parterre, en cambio, es más moderno ya que en su lugar, y según atestiguan antiguas fotografías de 1856, era una rosaleda la que bordeaba este paseo.
El Parterre existente en la actualidad procede de la restauración realizada entre
1943 y 1952 por Javier de Winthuysen, jardinero y pintor de Sevilla nacido en
1875 y muerto en 1956. El organismo que promovió esta restauración fue el
Patronato de Jardines Artísticos de la Dirección General de Bellas Artes y,
posteriormente, tras adquirir la propiedad el Ayuntamiento de Madrid, realizó
algún otro cambio en esta parte del terreno, como fue el plantar cipreses y
ponerle bordillos al camino.

Los Estanques del Parterre. Son dos y están situados a ambos lados del camino.

El Laberinto. Se encuentra a una altura inferior del terreno, junto al Jardín Bajo.
Aunque del Laberinto no se sabe nada antes del siglo XIX, se cree que también es
otra obra de tiempos de la Duquesa. Fue reconstruido varias veces antes de que en los años 40 del siglo XX lo destrozara el aterrizaje forzoso de un avión de
Iberia procedente del cercano aeropuerto de Barajas. Tras este suceso se abandonó, convirtiéndose en un espacio de almacenaje hasta que aparecieron los planos originales del Laberinto, momento entonces en que comenzó su restauración. En ella, se volvieron a instalar en su plaza central unos bancos y se plantó en su centro un árbol de Júpiter, destacando su color rosa al florecer en primavera entre la verde vegetación de la que está rodeado.
Ocupa una superficie de 6.030 metros cuadrados y los caminos más cortos para
llegar hasta su centro o salir de él miden 370 y 319 metros respectivamente.

El Jardín Bajo. También llamado Jardín de las Ranas por la fuente de su plaza central. Es el rincón más antiguo del recinto, quizás del siglo XVI, y en la escritura de compra, por la que los duques adquieren la propiedad al Conde de Priego, ya se hace mención a él y a una fuente existente en su centro.
Este jardín privado se podría considerar como el jardín secreto de una villa
italiana (giardino segreto). Aquel al que, apartándonos del camino principal o
más conocido, vayamos a un encuentro que deseamos que permanezca oculto o
recogernos a reflexionar mientras la misma vegetación nos protege de miradas
indiscretas. En cuanto a su fuente, la taza es más antigua y posiblemente es la
original, a diferencia de las ranas que la decoran, añadidas posteriormente por
la Duquesa. Construidas en bronce, permanecieron allí al menos hasta mediados del siglo XIX;  posteriormente, se trasladaron a la fuente principal del Parterre.

La Fuente de los Delfines. Construida en el siglo XVIII y coronada en la actualidad con varias ranas de la anteriormente nombrada Fuente de las Ranas. Toma su nombre de los cuatro delfines adosados a ella.
El Palacio. Detrás de la fuente y como podemos ver en la fotografía, tenemos el Palacio. Éste fue construido en el siglo XVIII en el mismo sitio donde anteriormente estaba la casa comprada en 1783 y ya en una tasación de 1789 se hace una descripción de él.
En su primera modificación, entre 1784 y 1788, el arquitecto Machuca Vargas le
añade dos torres y, posteriormente, en una prolongación de dichas reformas, otro arquitecto, Mateo Medina, levantará los dos torreones del Duque y de la Duquesa.
Durante la ocupación francesa, el edificio sufrirá graves daños, llegando las
buhardillas a estar en tal estado de deterioro que amenazaban con su hundimiento.

Tras la contienda, el edificio es restaurado y reformado por la Duquesa y, tras la muerte de ésta, por sus herederos, primero por su nieto Don Pedro de Alcántara,  XI Duque de Osuna, y tras el fallecimiento de éste, por su otro nieto y hermano del primero, Don Mariano de Alcántara, XII Duque de Osuna, quien en 1882 fallece arruinado y sin herederos.
Los acreedores ponen a la venta todos sus bienes, adquiriendo la propiedad de El
Capricho la familia Bauer, propietarios de la banca del mismo nombre, quienes al quebrar en 1946, ven pasar la finca a la Inmobiliaria «Alameda de Osuna». Ésta esboza diferentes proyectos hoteleros que finalmente no lleva a cabo y, tras estar la finca abandonada durante años, es el Ayuntamiento, su actual propietario, quien la compra en 1978.
En la actualidad, al contemplar el exterior del edificio y a pesar de los
remozamientos que se le hayan efectuado, es difícil poder imaginar el gran lujo que en el pasado albergó en su interior. Los muebles y las tapicerías, la
decoración de las paredes, los espejos y las arañas de cristal, todo en él era de
una calidad excepcional. En la colección de cuadros, eran numerosos los pintados
por Goya, como podían ser «Vista de la Pradera de San Isidro», «La era o el verano», «Aquelarre», «La gallinita ciega», o «La cucaña», no estando aquí
reflejados todas las obras del genial pintor que colgaban de sus paredes, ya que
es a esta casa nobiliaria, los Osuna, a quienes más cuadros pintó, entre otros
los del Duque y la Duquesa.
Aún es posible ver en el suelo del comedor la decoración original de azulejos
representando la batalla de Issos.

El Bunker. Se construyó en 1937, durante la Guerra Civil Española (1936-1939), al situarse en el parque el Cuartel General de la Defensa de Madrid. Hoy en día, y mientras recorremos el parque, podemos encontrarnos con diferentes entradas y respiraderos de la fortificación.
Frente a la fachada principal del Palacio tenemos la Casa de Oficios.

La Casa de Oficios. Era donde se concentraban, alrededor de un gran patio, las cocinas, cocheras, cuadras y demás servicios propios de las necesidades del Palacio.
Con el paso de los años ha tenido diversas utilizaciones, destacando como Escuela Taller «Alameda de Osuna» y como una dependencia del Conservatorio Musical.

Templete de Baco. Construido entre 1786 y 1789, los templetes son algo típico de
los jardines paisajistas; podemos citar como antecesores, y posiblemente
inspiradores de él, los Templos de Villanueva, en Aranjuez (España), o del
Amor, en Versalles (Francia). Cubierto originalmente por una cúpula, como nos
cuenta una descripción suya del siglo XVIII, se desconoce el momento en que ésta
desapareció. Del mismo modo, en un principio, era otra divinidad, la diosa romana Venus, quien ocupaba el lugar de Baco, apareciendo el nombre de éste por primera vez en un texto descriptivo de la construcción de principios del siglo XIX.

Estanque de los Cisnes. Aunque los cisnes que le dan nombre son
normalmente inexistentes, estamos en uno de los lugares más ensoñadores del
recinto. Dependiendo de la época del año en que lo visitemos y de la persona que
nos acompañe, nos puede provocar muy diferentes sensaciones el simple hecho de sentarnos frente al agua y dejarnos llevar por la imaginación.

El Abejero. Se trata de un edificio construido a partir de 1794, con una
estructura formada por un cuerpo central de planta ochavada y con un ala en
cada lateral que lo une a sendos pabellones en los extremos. Las formas del
edificio central, las cubiertas de éste y de las alas, y las esculturas que tenía
en los nichos de la fachada principal hacen que se haya llegado a definir su
estilo arquitectónico como más cercano al rococó que al neoclásico. Su nombre
lo toma de las colmenas existentes en su fachada posterior, a las cuales podían
entrar y salir las abejas al abrir las trampillas metálicas que las cerraban.
Una vez dentro del edificio, el espacio destinado a las abejas quedaba limitado
por unos cristales, a través de los cuales podían ser observadas por los posibles
espectadores desde una zona lujosamente ornamentada. En su interior, ocho
columnas corintias, aún existentes, rodeaban una estatua de Venus realizada en
mármol de Carrara. Lamentablemente, los materiales tanto del interior como del
exterior del edificio no eran de buena calidad y en 1808 ya se afirmaba de él que
sería más costosa su reparación que una nueva edificación. Aunque desprovisto de su anterior lujo, hoy podemos disfrutar al contemplar un edificio tan peculiar.


 La Rueda de Saturno. Una plaza de la que surgen, que como si de un eje se tratara, seis caminos iguales dispuestos en forma de radios a los que rodea en sus extremos otro camino circular. y en la plaza que actúa como eje se encuentra una columna de orden de Paestum sobre la que se levanta la estatua de «Saturno devorando a sus hijos».

El Estanque de las Tencas. Con algo más de metro y medio de profundidad y de
ochocientos cincuenta metros cuadrados de superficie, es el más grande de los
existentes en el parque (no confundir con la mucho mayor laguna artificial).

La Ruina o Casa del Artillero. Esta construcción se realizó con la intención de parecer un edificio abandonado y contribuir así a darle más realismo a esta parte del jardín, de tipo paisajista.
Como podemos leer en «»El Capricho» de la Alameda de Osuna», de Carmen Añón Feliú , «La ruina contribuía a añadir el elemento «tiempo», con su peso evocador,
sentimental llamada a lo efímero de las cosas, y subyacente la presencia de la
muerte en contraposición a la imagen de la vida y la naturaleza».

 La Batería o Fortín. En el momento de su construcción, contaba con una serie de complementos, desaparecidos en la actualidad, tales como doce pequeños cañones de bronce, una garita con un soldado y su armamento, y un puente levadizo de madera. El foso de agua que lo rodeaba sí lo ha conservado; tiene una profundidad de aproximadamente medio metro y, cuando lleva mucho tiempo estancada, el agua toma en la superficie ese color verdoso y esa apariencia de solidez.

La Ría artificial con una longitud de casi medio kilómetro y formada por sinuosas curvas que intentan dar una imagen de naturaleza pura como corresponde a este tipo de jardín (recordemos, paisajista), alejado de la rectitud de los canales típicos en otro tipo de jardines.  Se trata de una ría navegable por la que, en tiempos pasados, han efectuados bucólicos trayectos a bordo de barcas los propietarios del parque y sus invitados.

La Zona de Juegos.  Aquí, durante los períodos de primavera y verano se montaban diferentes aparatos, como podían ser el «Juego de la Sortija» y el «Columpio», de los cuales ya existía constancia en 1798. El primero consistía en una especie de tiovivo formado por un pilar techado con cuatro barras horizontales, situadas a unos 3 metros del suelo, que giraban sobre él y de las cuales colgaban dos caballos de madera y dos cestas. El segundo era lo que su nombre nos indica, teniendo una barca de madera como balancín. Hoy, todo ello ha desaparecido y lo que ha quedado es el terreno y algunas señales en el suelo.

Puente de Hierro que atraviesa la ría. Un puente realizado por iniciativa de Don Pedro Alcántara en 1830 y del que se suele ignorar que es el puente de hierro más antiguo de los conservados en España, siendo frecuente que tal particularidad se le atribuya al sevillano Puente de Triana, construido entre 1845 y 1852.
En la Comunidad de Madrid, el siguiente puente de hierro en antiguedad sería el
de Fuentidueña de Tajo, construido entre los años 1868 y 1876.

la Duquesa quiso que en su propiedad también hubiera un jardín de tipo
anglo-chino, tan de moda en el siglo XVIII y cuyos elementos solían comprender
rías y lagos de irregulares bordes con islas en su interior.

 La Casa de Cañas.  Casi colindante con el puente de hierro, tenemos un embarcadero construido entre los años 1792 y 1795 llamado la Casa de Cañas por ser éste el material de que está recubierto. Su autor, y el de varias otras construcciones del parque, es el escenógrafo italiano Angel María Tadey. Además de servir para guardar los barcos del recinto, contaba con un pequeño pabellón de reposo o comedor abierto hacia el agua. Tanto este último como embarcadero están ornamentados con pinturas murales simulando una arquitectura inexistente, utilizando lo que se suele llamar en pintura «trampantojo». Ha sido restaurada entre los años 1999 y 2001, dado el gran estado de deterioro en que se encontraba.

Pabellón de Esteras, del que ha quedado poco más que el suelo y los
lugares donde encajarían los soportes o mástiles que lo levantaban.

Quiosco o embarcadero. Apenas si ha quedado ningún rastro, exceptuando lo que sería el camino de acceso hasta él con un suelo similar al del pabellón de esteras.

Monumento al III Duque de Osuna, consistente en una cascada sobre la que se
levanta un sepulcro en cuya lápida, y debajo de un medallón en bronce que
representa la cabeza del Duque, leeremos: «A la memoria de D. Pedro Téllez
Girón III Duque de Osuna, Virrey de Nápoles».

Don Pedro Téllez-Girón y Velasco Guzmán y Tovar (Osuna, 17 de diciembre de 1574 – Barajas, 24 de septiembre de 1624) fue virrey y capitán general de Sicilia
(1610-1616) y de Nápoles (1616-1624). A pesar de ser uno de los personajes más
destacados del reinado de Felipe III, prefirió los campos de batalla a la vida
cómoda que le permitía su fortuna. Luchó contra los rebeldes en Flandes y contra turcos y berberiscos en el Mediterráneo, armando una flota corsaria con su propio dinero y con la que siempre venció, hundiendo o capturando a la flota otomana, más barcos que los que ésta perdió en la batalla de Lepanto. Enfrentado a la República de Venecia que intentaba mantener su hegemonía, ésta se acercó al turco conspirando contra él en la corte española. La muerte de Felipe III y su oposición al nuevo valido, el Conde-Duque de Olivares, lo llevaron a la cárcel, donde murió. Su secretario y amigo Francisco de Quevedo escribió a su muerte:
Faltar pudo su patria al grande Osuna,
Pero no a su defensa sus hazañas;
Diéronle muerte y cárcel las Españas,
De quien él hizo esclava la Fortuna.
Lloraron sus envidias una a una
Con las propias naciones las extrañas;
Su tumba son de Flandes las campañas,
Y su epitafio la sangrienta Luna.
En sus exequias encendió al Vesubio
Parténope; y Trinacria al Mongibelo;
El llanto militar creció en diluvio;
Díole el mejor lugar Marte en su cielo;
La Mos, el Rhin, el Tajo y el Danubio
Murmuran con dolor su desconsuelo.

La Montaña Rusa existente en el parque y que no debemos confundirla
por su nombre con las que hay en los parques de atracciones; en este caso,
encontraremos una colina artificial con dos caminos zigzagueantes que la rodean, uno de subida y otro de bajada, protegidos ambos por barandillas de madera.
Contaba con una cascada y, cuando el tiempo lo permitía, se instalaba en lo más alto una tienda de campaña desde la que contemplar el lago y los alrededores.
De momento, y dado el elevado estado de deterioro en que se encuentra, está
prohibido subir a ella por lo peligroso que podría resultar.

Casino de Baile. Su situación permite que, si hubiéramos llegado hasta él en una
barca a través de la ría, la primera imagen que hubiéramos visto sería la de una
doble escalinata descendiendo sobre los laterales de una cueva desde la que nos
observa la escultura de un fiero jabalí. Se construyó en 1815 sobre el pozo que
vierte sus aguas en la ría tras el final de la Guerra de la Independencia (1808-
1814) y es obra del arquitecto Antonio López Aguado (1764-1831), otra de cuyas
obras es la Puerta de Toledo.
Se trata de una edificación de dos plantas en la que la inferior es cuadrada y la superior octogonal. En la primera, se encuentran la maquinaria y el depósito de agua, y en la segunda, dando nombre al edificio, el salón de baile. Cuenta este último con una alegre decoración de pilastras jónicas, alternándose en las paredes los huecos de las ventanas y los espejos. En el techo, una pintura neoclásica representa el Zodíaco. Si tuviéramos acceso a los inventarios del salón, echaríamos en falta una imponente lámpara central de bronce en estilo neogótico. En el exterior, cuatro relieves representando cada uno a una estación del año servían para adorno de las puertas. Tras el palacio, dentro del parque, es la segunda construcción en importancia. Al rodearlo y llegar hasta su fachada trasera, nos habremos situado en el jardín de flores.

La Casa de la Vieja. Quizás sea el lugar más caprichosamente construido dentro de este jardín llamado, de forma muy descriptiva, «El Capricho». Recordemos que estamos en la parte del jardín tipo paisajista, por lo que este edificio debía dar una imagen de total naturalidad, de ahí la impresión den tosquedad que nos puede dar la fachada si la comparamos con el de las otras construcciones del recinto. Curiosamente, y a diferencia de otros jardines europeos en que, dada la pobreza de este tipo de materiales, han tenido que reconstruirsemen varias ocasiones, ésta es la construcción original del siglo XVIII que, gracias al clima seco de Madrid, ha permitido su permanencia en el tiempo.
Construida entre 1792 y 1795, es una imitación de una casa de labranza de
entonces de dos plantas. En la inferior, estaban el cuarto de la vieja, con los
autómatas a tamaño natural de una mujer mayor hilando y de un muchacho
acompañándola, a los que se le añadió años después otro similar representando a un labriego; el comedor, con trampantojos en las paredes simulando alimentos; el llamado «Gabinete de Musgo», donde las paredes y los asientos de las sillas
estaban recubiertos de musgo; un retrete con un orinal grande y otro pequeño,
todo ello dando imagen de gran pobreza. En la planta superior, en cambio, se
hallaba el llamado «Gabinete Rico», adornado con pinturas neoclásicas, doce
sillas con asientos de paja y un velador. Hoy la casa está vacía, habiendo
desaparecido los autómatas.


Estanque de los Patos. Construido antes de 1804, es otra más de las agradables sorpresas que tenemos con todo aquello que encontramos paseando por El Capricho.

La Ermita es una más de las construcciones levantadas con la intención de parecer ruinosa desde el mismo momento de su terminación.
De planta rectangular y única, en su interior se dividía en dos habitaciones,
contando con trampantojos y musgo artificial. Tal como la vemos en la fotografía,
a su derecha, hay una tumba en forma de una pequeña pirámide donde existía un.epitafio que rezaba:

Aquí yace Fray Arsenio.
Residió en esta comarca 26 años
en esta ermita de la Alameda de Osuna
que le fue donada en caridad por sus méritos
dedicándose constantemente a la oración
y a las más sublimes prácticas piadosas
Murió en 4 de Junio de 1802
en brazos de su amigo Eusebio
quien le ha sucedido en su género de vida
y aspira a sucederle en sus virtudes.

A la muerte de Eusebio, lo sustituyó un maniquí de madera.

(Fuente:https://www.unaventanadesdemadrid.com)